Ya sabéis, señores, la peligrosa situación en que se ha visto esta capital, en los días anteriores, los diversos partidos que se habían formado y sus opiniones sobre la forma de gobierno que debía adoptarse en tan críticas circunstancias.
Sabéis también que cada día aumentaba más el odio entre ambas facciones, hasta amenazarse recíprocamente con el exterminio de una y otra. No había ciudadano alguno que no se hallase poseído de la mayor angustia y zozobra, temiendo por un momento el más funesto resultado. Estas divisiones se recelaba que se difundiesen por las ciudades y villas del reino, a influjo de los mal intencionados.
En este estado, el ilustre Cabildo, mirando como el principal y más importante deber de su instituto restablecer la tranquilidad pública, tentó cuantos medios le sugería la prudencia para conseguirlo, hasta que, viendo que la causa del mal era que una parte del pueblo deseaba que se instalase una junta de gobierno a nombre del señor don Fernando VII y la otra se oponía, propuso al muy ilustre señor presidente que citara a cuatro vecinos respetables y a los jefes de las corporaciones para que decidieran si debía o no consultarse la voluntad del pueblo. Todos convinieron en que este era el partido que debía adoptarse.


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