El Golpe del 4 de septiembre a los ojos de un realista

20 11 2008

articles-60503_imagen_0Como a las 6 de la mañana fueron entrando de uno en uno los soldados del Batallón de Granaderos a la casa del padre de don Juan José Carrera, hasta el número de 70 con los respectivos oficiales. A la tropa les hizo preparar un excelente almuerzo y bebida a satisfacción, haciéndoles presente el triunfo y galardón que iban a reportar de sus enemigos. Dicho Carreras, como Sargento Mayor, que se había hecho amable a su Cuerpo por muchas condescendencias y rasgos de generosidad, les había persuadido que los 300 hombres del Regimiento del Rey acuartelados en el Palacio del Ilustrísimo Obispo, trataban de invadirlos y sacrificarlos, auxiliando los fuegos de la Artillería y que por lo mismo se debían empeñar en aquella mañana a tomarles por asalto, como único medio para libertar sus vidas.

Este mismo oficial dio las órdenes correspondientes en la propia mañana, de acuerdo con los demás oficiales de su cuerpo. Destinó para guardia del Congreso [a] 100 hombres; confió el mando de ellos al Capitán don José Portales y al Teniente don Bernardo Vélez, ambos a dos encargados de dejar entrar [a] todos los diputados al Congreso, pero sin permitir que de la Sala saliera alguno después, poniendo a este fin cuatro centinelas en la puerta y toda la tropa con bala en boca y 9 cartuchos de reserva.

En la misma forma destinó 50 hombres para la guardia de Palacio, señalando para el mando y cumplimiento de sus órdenes al Teniente don Julián Fretes y al Sub Teniente don Félix Vial y Arcaya, con iguales prevenciones de no dejar salir [a] la Junta hasta poner en planta su meditado proyecto.

Dejó lo demás de la tropa de dichos Granaderos en sus cuarteles, con hala en boca y los mismos cartuchos puestos sobre las armas y prevenidos los oficiales de ocurrir prontamente a auxiliar la Artillería, a la primera señal o aviso que se les comunique.

Como quiera que los dos escuadrones de Húsares, cuyo cuartel está en San Pablo, los tenía dicho[s] Carreras ganados a su devoción, igualmente que a casi todos sus oficiales. También éstos se pusieron sobre las armas en aquella mañana, con el mismo repartimiento de cartuchos y balas, con advertencia de ponerse en marcha precipitada luego que vieran ir al Parque de Artillería el Cuerpo de Granaderos con su bandera. A este fin se puso una centinela en la torre para estar a la expectación del suceso y avisar inmediatamente.

Con estos y otros preliminares montó a caballo con su chapa de pistolas bien cargadas. Hízolo así también su hermano don José Miguel Carrera, con su jaez cabalgar muy primoroso y su uniforme grande de Húsar. Se presentaron ambos en la plazuela del Parque de Artillería, donde, trabando alternativas conversaciones con varios de sus oficiales, llamó la atención de los soldados de dicha Artillería lo extraño de su uniforme y montura. En esta clase de embeleso los tuvo divertidos y descuidados.

En la misma plazuela del Parque estaba el Capitán de Artillería don Luis Carrera, hermano de los dos precitados, tratando a sus soldados halagüeñamente. Pocos minutos antes de dar las 12 se entró a la guardia de la prevención del Parque, solicitando al Capitán Baraínca, que estaba de guardia, suplicándole le diera un papel para remitir dos caballos de estimación a la chacra de su hermano el Presbítero don Borja Baraínca. Detrás de Carrera se entró el Ayudante Mayor don Francisco Formas con sus dos hermanos, don Ramón y don Borja, todos tres empeñándose a que facilitara una esquela para remitir los consabidos caballos. Se excusó el Capitán Baraínca, pretextando no tener papel ni pluma y que todos [los] recaudos de escribir los tenía en su cuarto. A fuerza de súplicas le hicieron salir del cuerpo de guardia. Estaba comenzando a escribir la esquela cuando dieron las 12, hora y señal prevenida para el asalto. En ese mismo acto el Sargento de Artillería don Francisco Picarte arrebató el fusil al centinela; gritó éste y también el Sargento de guardia don José González, diciendo ¡traición! Aún no había acabado de proferir la expresión cuando llegó allí a caballo don Juan José Carrera y le tiró un balazo con pistola. Viéndole aún moribundo le disparó el otro e inmediatamente entraron los 70 hombres de su batallón, los que al golpe de las 12 salieron firmados en batalla por la puerta falsa de su casa, distante media cuadra de la plazuela del Parque, y a marchas redobladas se pusieron casi en el mismo instante en el vivaque, ocupando incontinenti los fusiles y tren de artillería.

Con igual aceleración se dio parte a los antedichos cuarteles de Granaderos y Húsares, que con la mayor prontitud ocurrieron a reforzar y premunir aquel interesante punto. En el momento pasó el Sub Teniente de Artillería don Juan José Zorrilla a la casa del señor Comandante Reina con una división de 12 hombres y le intimó su prisión, dejándole incomunicado aún de su familia, puesto en un cuarto con dos centinelas de vista. Le trató con insulto y ultrajó indecorosamente su persona. Así se despicó Zorrilla de su resentimiento de no haber tenido efecto su acusación criminal contra su propio Comandante, quien por esta razón y las sospechas de la coaligación, le había impedido de todo manejo, aún de entrar al Parque de Artillería. Para esta prisión ni medió orden superior ni otra resolución que la suya y la de sus aliados.

Al mismo tiempo, montó a caballo don José Miguel Carrera y se puso en la plaza mayor, donde encontró a las puertas de la Audiencia una turba de 25 a 30 facciosos que, instruidos del suceso y prevenidos como se cree de antemano, habían ocurrido a este punto a representar al pueblo; éstos eran la mayor parte de los Larraínes, confundidos con los escribanos, receptores, procuradores, escribientes de oficinas y otros interesados en el triunfo que se acababa de conseguir. Aquí se desmontó y con los aires y humos de un vencedor se entró de improviso a la sala del Congreso, dio cuenta del suceso y sorpresa de la Artillería, y en seguida presentó un papel anónimo a nombre del pueblo, que le había entregado a la puerta de la sala el ahogado don Carlos Correa de Saa, director con el Doctor Argomedo, de todas estas maniobras.

Pidió primeramente la deposición de los diputados representantes de la ciudad, a saber, el Doctor don Gabriel Tocornal, don José Miguel Infante, don Juan José Goicolea, don Domingo Díaz Muñoz, don Juan Antonio Ovalle, don José Santiago Portales, y el Padre fray Manuel Chaparro; el arresto de todos éstos en sus propias casas y la confinación de sus personas. En seguida se pidió la deposición del empleo de regidores, a saber, de don Antonio Mata y don Juan Manuel de la Cruz e igual confinación de sus personas, mientras tanto su arresto en sus propias casas; últimamente, igual pena para el Oficial Real don Manuel Fernández y don Manuel Rodríguez, Procurador de Ciudad.

De allí solicitó la subrogación para diputados en don Carlos Correa y Presbítero don Joaquín Larraín, la permanencia de los otros, a saber, don Agustín de Eyzaguirre, don Joaquín Echeverría y Larraín, el Conde de Quinta Alegre, don José Nicolás de la Cerda y don Javier Errázuriz, de suerte que siendo la disputa de trece diputados, según se relata en los días del mes de julio, que el número de los que debían componer la representación de la ciudad, había de ser ceñido al de 6, en conformidad de la [sic] Acta circular.

En esta revolución se ha agregado uno más contra el espíritu de esa propia acta, que ha sido el apoyo de los desabrimientos, renuncia y protestas de aquellos diputados. Las sediciones abrigan todas estas inconsecuencias.

Pidió igualmente la creación de un nuevo Tribunal de Junta, compuesto de los siguientes sujetos: Don Juan Enrique Rosales, don Martín Calvo Encalada, Doctor Juan Martínez de Rozas, Teniente Coronel don Juan Mackenna, Doctor don José Gaspar Marín, y por los secretarios, Doctor don José Gregorio Argomedo y Licenciado don Agustín Vial. También pidió el grado de Brigadier para su padre don Ignacio de la Carrera y la Comandancia General de Armas para sí mismo.

Sobre estas solicitudes se suscito una conferencia en el propio Congreso. Apenas se entendió la disputa resistencia por los facciosos, cuando entraron a la sala del Congreso como representantes del que llamaban pueblo, don Joaquín Larraín, don Carlos Correa y don José Gregorio Argomedo, significando que las antedichas solicitudes eran reclamos que se afianzaban en la voluntad general. Presentóse a la puerta de dicha sala don Silvestre Urízar con los dos mulatos violinistas Teodoro y Ramón, naturales de Buenos Aires, con otra gavilla de esta naturaleza, asegurando al Congreso que el pueblo pedía lo mismo que habían expuesto sus representantes. Ratificólo así el embajador don José Miguel Carrera, exigiendo el más pronto cumplimiento de todas las propuestas e intimando al Congreso, que hasta el otorgamiento de cuanto había pedido, sufrirían el arresto en la propia sala, porque así lo exigía la tropa mancomunadamente con el vecindario.

El Congreso se mantuvo así hasta las 11 de la noche sin comer ni beber, en la discusión de los puntos y organización de los respectivos decretos. Primeramente salió a luz como a las 3 de la tarde, el nombramiento del Tribunal Ejecutivo, con las mismas amplitudes y privilegios que la regencia de España, que inmediatamente se publicó al que llamaban pueblo, recayendo aquel en los mismos sujetos propuestos.

En seguida salieron las providencias sucesivas para el destierro y confinación de don Juan Manuel de la Cruz, a la Plaza de Arauco, mucho más allá de la Concepción de Penco, a salir dentro de tres días, pena de la vida, poniéndosele inmediatamente arrestado en su propia casa con cinco hombres para su custodia y centinela de vista. A fuerza de muchos empeños consiguió se le permutara el destierro a Talca, su patria, para donde va en camino.

Las propias guardias y centinelas se pusieron a los demás. El señor don Domingo Díaz Muñoz, Coronel del Regimiento del Rey fue confinado a su hacienda, distante 7 leguas de esta capital; don Antonio Mata a su chacra, que dista dos leguas. Estos tres nobles, honrados y beneméritos vecinos han sufrido todos estos vejámenes por la oposición a las máximas de independencia; y el señor Coronel Muñoz, por haber promovido el acuartelamiento de cuatro compañías de su regimiento para oponerse al despotismo y vasallaje de las demás tropas. La misma diligencia se practicó con don Juan Antonio Ovalle, confinado a su hacienda en distancia de veinticinco leguas de esta ciudad.

¡Qué insensibilidad la de los compatriotas al ver salir a sus ilustres ciudadanos, expatriados por la petición de una gavilla indecente! Cuando el Superior Gobierno tomó igual resolución con los tres personajes, Rojas, Vera y Ovalle, después de un proceso formal, y previo acuerdo de la Real Audiencia, se suscitó el clamor general de este pueblo, abriendo las puertas de su Cabildo y de la propia Real Audiencia, para expresar allí los resentimientos del vecindario contra la conducta y despotismo de un jefe en arrancar de los brazos a tan dignos hijos de la patria, sin habérseles oído, ni convencido del delito de que eran acusados, a saber, del meditado proyecto de la Junta de independencia. ¿Y qué proceso se les ha formado a estos expatriados? ¿Dónde está ese derecho natural de oír al reo y de darle lugar a la defensión personal? ¿Cómo no se levanta el confuso rumor de sus compatriotas? Nada menos que esto: la fuerza de las armas ha enmudecido a los virtuosos y honrados vecinos; solamente esa turba de sediciosos y tumultuarios claman, y dicen sufran los rigores los que no quieren adherirse a nuestro sistema; lejos de nosotros los que aun se acuerdan de su Rey Fernando; los que atacan sus leyes, y respetan su soberanía en los tribunales representativos de la Nación.

La misma diligencia se practicó con el Oficial Real don Manuel Fernández, a quien en el propio día se le decretó el arresto en su casa con la guardia de cinco hombres y centinelas de vista, la confinación de su persona a la villa de Cuzcuz, distante ochenta leguas de esta ciudad, y la baja de su sueldo a la de 1.200 pesos anuales para su precisa subsistencia. Queda entregando las cuentas de su administración de los intereses reales para seguir su destino. Este, fuera de la calidad de europeo, tuvo la debilidad de aceptar el ser Diputado de la ciudad de Osorno, que lo pudo excusar por el oficio que ejercía. Pensó congratularse con el pueblo, sin duda por el interés de mantener su empleo y su renta adhiriéndose al partido del Cabildo, que parecía el más sano; no en la realidad, porque todos siguen el sistema de Junta, con oposición declarada a la obediencia de todas las reales órdenes y cédulas que emanan de la Regencia y Cortes Extraordinarias de la Nación, con expreso desobedecimiento de todos los despachos que se han expedido a favor de varios sujetos. El delito de debilidad le ha traído los mismos males que le pudo haber inferido la constancia sostenida del honor y del carácter.

Este mismo perjuicio, (que bien pudo haberle precavido en tiempo) es el que está sufriendo el señor Coronel don Francisco Javier de Reina. A este jefe ocurrieron los europeos y muchos fieles compatriotas antes de la instalación de la Junta, ofreciendo sus personas para la defensa del Parque y sostener con la Artillería los derechos del Rey. Les prometió una y muchas veces hacerlo así cuando el caso fuese urgente y apurado y lo primero que hizo fue entregar la Artillería el 16 de septiembre, dos días antes de la instalación de la Junta, dejando burladas sus promesas y nuestros conatos. Cometió en seguida la debilidad de aceptar el cargo de Vocal de la propia Junta, condescendiendo a casi todas sus providencias. Así recuperó el mando de la Artillería, obtuvo la Comandancia General de Armas y toda la confianza del nuevo gobierno. Hoy se ve preso, ajado y expatriado según dicen a Buenos Aires. Todo lo ha perdido cediendo a las ideas de los revolucionarios. Mejor le hubiera sido y más honroso haber perdido su empleo y sufrido todos estos males por sostener los derechos de su Rey. Las desgracias sigan en hora buena al hombre esforzado en sostener las obligaciones de su cargo. Así se forman los héroes, así se inmortalizan los nombres, de lo contrario se oscurecen infamemente, sepultando en olvido los mejores servicios. No por esto es mi ánimo negar el mérito personal, conducta, pericia militar, probidad innata y demás virtudes que hacen recomendable la persona del caballero Reina; pero como astro que pudo ilustrar en otro tiempo a los mejores jefes, ha tenido al menos sus másculas y fábulas en el eclipse del primer planeta político.

En conformidad también de lo que se pidió por don José Miguel a nombre de la tropa y pueblo, se pusieron arrestados en sus casas a los consabidos diputados Portales, Tocornal, Goycolea, Padre Chaparro e Infante con su guardia y centinela de vista. Se dijo al principio se iba a otorgar también la confinación de sus personas, pero quedan puestos en libertad, con sólo la pena de haber sufrido la pérdida y deposición de sus empleos. Pareció demasiado riguroso igualar a otros en el castigo, a unos patriotas que tanto han influido en el meditado sistema de la Junta, a quién acaso se debe su primer fundamento, señaladamente al Infante, que como Procurador de Ciudad, extremó su decantado patriotismo con la constancia y capricho que acostumbra sostener sus ideas. Fue un amago y arbitrio para separarlos y tener más campo los de la facción contraria para llevar adelante sus proyectos. No tardará mucho en que vengan a ser miembros del nuevo Club que acaba de triunfar.

A las 5 de la tarde de este día se pusieron 4 cañones cargados de metralla, distribuidos en las cuatro esquinas de la plaza, con dos Compañías de Granaderos para su custodia. Don Juan de Dios Vial ocupó la Artillería personalmente para el mismo efecto. Se duplicaron las guardias y las centinelas, tendiéndose las avanzadas del Parque hasta una cuadra a todos vientos.

Es indecible el orgullo y la ostentación de los tres indicados Carreras por el triunfo ganado con el golpe de un homicidio. El Sargento Mayor don José Miguel, que acaba de llegar de la Península en el navío inglés Estandarte, vino sin duda a su patria a repetir los excesos que le merecieron la repulsa de su propio cuerpo militar. A quien la España no pudo sufrir, ¿podrá en Chile ser buen ciudadano? Su carácter le hace más recomendable para emisario de Napoleón. Muy comprobado tiene este título. Apenas llegó, cuando decantó la pérdida total de la España; apenas se le presentó ocasión de intervenir en una popular revolución, cuando se constituye protector de ella, embajador y arbitrio en disponer de la suerte de sus conciudadanos. Mejor habría sido sepultarlo en Orán, que no dar paso a semejante satélite del tirano. Sirva de modelo a la España, ya que lloramos el escarmiento.

Repetir aquí menudamente las bajas lisonjeras adulaciones de los facciosos tributadas a los caballeros Carreras, sería gastar mucho tiempo. Basta decir que dueños de las armas y de la fuerza, son los plenipotenciarios de la capital. Don Juan José Carrera mandó pedir las mulas de su coche al señor Marqués de Casa Real, para tirar los 4 cañones del tren y llevarlos a la plaza, con la prevención que de no venir con la prontitud que exigía, los entregaría de otro modo, pues que en el día no mandaba más que la fuerza. Tuvo el señor Marqués que deferirse prontamente como también su dependiente a entregar un lío de charqui que se le exigió para abastecer la tropa. ¿Podrá inferirse situación más lamentable como la en que vivimos?

4 de septiembre de 1811

Texto obtenido desde aquí
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