Preparativos para el inicio de la Guerra de la Independencia

30 11 2008

O’Higgins se hallaba en los Angeles cuando supo, por la circular del intendente, el desembarco de una expedición contra Chile, y sin pararse en más consideraciones que la de cumplir con su deber, mandó formar los regimientos nº 1 y 2 de lanceros de la frontera, compuestos de mil hombres. Con ellos voló al socorro de Concepción pasando por Yumbel para que se incorporase el rejimiento de Rere, mandado por Fernando Urizar. Habiendo llegado al salto de la Laja, recibió el tratado de Concepción y la orden de despedir sus tropas a sus respectivos cuarteles, como lo ejecutó inmediatamente después de haberlas arengado; pero no queriendo someterse al antiguo gobierno, se dirigió hacia Santiago con los hermanos Soto y cuatro criados. Al pasar por Linares, supo que los ochenta dragones de Carbajal se hallaban en las cercanías y tuvo que viajar con mas precaución haciendo un gran rodeo para ir a pasar el Maule por el lado de las Cordilleras, de suerte que no pudo llegar hasta el 4 a Talca, en donde el día siguiente estaba ya reunido con Miguel Carrera.

O’Higgins era bizarro, y no habiendo visto nunca el fuego ardía por hallarse en una acción. La presencia de algunos dragones en las cercanías de Linares habían inflamado su ardor guerrero, y pidió a Carrera algunos soldados para ir a atacarlos; pero el General en Jefe no quiso exponer por tan poca cosa, un militar que le inspiraba la mayor confianza, y se los negó. Sin embargo, a instancias de Poinsset, consintió al fin en ello, y al ser de noche, O’Higgins se puso en marcha con sesenta milicianos armados sólo con lanzas, doce soldados de guardia nacional y cuatro dragones de los que habían escoltado el dinero de la tesorería de Concepción. Su objeto era sorprender a Carbajal durante la noche, pero se extravió en el camino y no pudo llegar hasta las nueve de la mañana cerca de Linares, en donde le dijeron que no había, más que doce dragones mandados por el teniente don José María Rivera, y reunidos ya en la plaza prontos a marchar para incorporarse con Carbajal en Cauquenes.

La fuerza numérica de O’Higgins era superior a la de Rivera, pero este tenía la ventaja de las armas y consideración hubiera podido arredrar a cualquiera otro jefe más prudente. Mas O’Higgins, impaciente por distinguirse, avanzó a la plaza enviando por delante un parlamentario, que fue el capitán Melo, para Intimar a Rivera se rindiese, como lo hizo sin oponer la menor resistencia; de suerte que todo se pasó sin efusión de sangre y con gritos de viva la patria, por parte de los dragones de Rivera, entusiasmados con algún dinero que les dió el capitán de milicias don Pedro Barnachea.

Después de este pequeño suceso, que aconteció el 6 de abril, O’Higgins pensó en marchar sobre Cauquenes para atacar las tropas de Carbajal; pero supo luego que éste se había dirigido apresuradamente sobre Chillán, que se había pronunciado por el Rey. En vista de ésto, determinó reunir el regimiento de milicias de Linares compuesto de ochocientos hombres bien montados y armados con lanzas y machetes, mandados por don Santiago Arriagada, el batallón de cuatrocientas sesenta plazas que mandaba el capitán Urrea, esparcido por las cercanías, y otras muchas milicias de las cuales retuvo una parte, enviando la demás fuerza a Talca a la disposición del General en Jefe, justamente afanado a la sazón en juntar un pequeño ejército para ir al encuentro de Pareja, que sabía no tardaría en avanzar sobre el Maule.

En aquel momento, el cuartel general de Carrera tenía un aspecto muy militar. Las tropas regladas, que necesariamente eran su principal apoyo, acababan de llegar y se componían del batallón de granaderos mandado por José Carrera, a quien acompañaba Mackenna, que había vuelto de su destierro y había sido ascendido al grado de cuartel maestre, y del escuadrón de la guardia nacional, a las órdenes de don Juan Antonio Díaz Salcedo. El primero de estos cuerpos tenía mil hombres de fuerza, y el otro doscientos treinta, los cuales con los ochenta que habían llegado con el obispo y los catorce que había llevado José Miguel, componían un total de 1324 soldados disciplinados, prontos a batirse a pie o a caballo, como infantería o como caballería, según las circunstancias lo exigiesen; pero que no tenían fusiles por habérselos quitado la Junta para armar con ellos a los voluntarios de la patria, acción que el General en Jefe desaprobó en secreto, contentándose con remplazar los fusiles con lanzas, bien que no pudiesen en manera alguna serles de la misma utilidad, no estando acostumbrados al manejo de esta arma. Algunos días después, llegó Luis Carrera a la cabeza de doscientos artilleros con diez y seis piezas de campaña mal montadas, y trasportadas, como también las municiones, en setenta carros y cuatrocientos acémilas.

La reunión de todas estas tropas, a las cuales se juntaron luego los regimientos de milicias del Príncipe y la Princesa de Santiago, y el de Maipú, componiendo un total de 1500 hombres, mandados por el coronel don Estanislao Portales; las de Cauquenes, que ascendían a 1800, a las órdenes del teniente coronel don Fernando de la Vega, enviado por su coronel don Juan de Dios Puga, y otras muchas, permitieron al General en Jefe clasificarlas según su plan de campaña, y dividirlas en columnas compuestas la primera de: “200 granaderos de las milicias de Cauquenes y las partidas y piezas de campaña que tenia O’Higgins en Bobadilla. Esta se puso al mando del coronel don Luis Carrera.

La segunda, la formaron el resto del batallón de granaderos, cuatro piezas de artillería y el regimiento de Maipú, mandado por el brigadier don Juan José Carrera, y que se situó en Duao.

La tercera la formaban la gran guardia, la guardia general, cuatro piezas de campaña y los regimientos del Príncipe y Princesa a las inmediatas órdenes del General en Jefe, y acampó una legua de distancia de la segunda.

Así, los tres hermanos Carrera se habían repartido el mando de todo el ejército.

Fuente: Claudio Gay, Historia de la Independencia chilena.

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