Comunicación de la Junta de Gobierno al Excelentísimo Virrey del Perú, José Abascal y Souza

7 12 2008

Excelentísimo Señor:

Cuando este gobierno descansaba en la rectitud de sus intenciones y le tranquilizaba la aprobación de las Cortes de España y de la Regencia, de los Ministros más provectos, y de la Nación misma: cuando observaba con placer las miras pacíficas y prudentes de V.E., podría hacerla vacilar sobre estas un conjunto de ocurrencias, que bastarían para alterar su concepto, si no estuviesen tan penetrados del crédito que debe a las seguridades que le ha dado su carta del 8 de diciembre del año próximo pasado, tiene por origen de la mayor parte de las calamidades de estos tiempos desgraciados, la precipitación con que se resuelve y la falta de generosidad con que se piensa, por eso huyendo de estos escollos y desdeñados de la seducción y apariencia procura un esclarecimiento que acaso parezca degradante a los que prefieren el falso pundonor, a la verdadera gloria de buscar a toda costa la verdad y evitar males a la humanidad, esperando de la razón y del bien entendido interés la imparcial decisión, y que se sofoque al nacer el germen de discordias que sólo producen desastres irreparables y animosidades ruinosas a todos, y en todos sentidos: y que careciendo de objeto y causa franquean un campo inmenso a las conjeturas y probabilidades de la desconfianza y la maledicencia.

Esta renta compró en la Habana sesenta y ocho mil libras de tabaco en polvo, que venidos a Montevideo, fueron conducidas a esa capital para trasladarlas a su destino. Esto último no lo ha conseguido, ni la actividad del Director, ni las interpelaciones hechas a V.E. al mismo tiempo que vemos hacer este giro prohibido a particulares que compran en Lima la misma especie que debería abastecernos a menor precio, en fuerza de la solemne promesa consiguiente al estanco, de que resulta el descrédito y perjuicio del Fisco y un odioso e inútil gravamen a los consumidores. No podemos persuadirnos a que haya dado margen a este procedimiento, la voz que se ha difundido de que el Gobernador Elis pagó a las cajas del Perú con el tabaco de Chile un crédito que le exigía; porque aunque tal acción es conforme a las demás de aquel, es ajena de la dignidad, y operaciones de V.E. cuya resolución tal vez penderá de los trámites que ordinariamente deben precederla. El aumento del precio de tabaco en rama destinado a este reino, es un gravamen que recae sobre gentes a quienes no comprende la extensión de la autoridad o mando de V.E. y que no reciben los beneficios en que se invierte su producto, por lo que no sería de extrañar, que mirasen esta providencia como dirigida únicamente para incomodarles. El primer efecto que ha producido es inducirles a substraerse a esta penalidad cultivando un fruto que abundará y mejorará de suerte que la provincia de Saña perderá este ingreso, y la extorsión habrá sido para el Perú y para el erario. La política momentánea que guió a los que han sorprendido la bondad de V.E. cederá a la evidencia y retrocederá de un paso, que seguramente ni ha meditado.

Los corsarios armados para hostilizar los buques extranjeros que frecuentan estos puertos en uso de aquella libertad consiguiente a la igualdad de estas provincias con las de la Península, impedida en el día de comerciar y proveerles, se considerarían como unos instrumentos de una guerra abierta contra ellas, si no nos persuadiésemos que los excesos cometidos son sin noticia de V.E., o una trasgresión de sus órdenes; que seguramente cesará cuando con este aviso tome en consideración las resultas que traerá la necesidad de una justa defensa, y de repeler la fuerza. Prohibir la introducción de efectos europeos y aún españoles que se conduzcan por esta vía, es un acto que apenas se ve entre naciones civilizadas, aún estando de guerra, tan nocivo para aquel como para este comercio, y a ambos erarios y que, provocando a la división entre pueblos de una misma dominación, enseña el camino de corresponder con ventaja un agravio, cuyos efectos recaerán sobre los que, arrebatados de animosidad o intereses individuales, han movido a una providencia en que seguramente no se propusieron por norte ni la felicidad de estos países ni el honor de V.E.

Menos se interesan en estos respetables objetos los que nos comprueban con su misteriosa conducta los avisos reiterados de que se espían las operaciones de este gobierno, que siendo todas francas y liberales excusa su publicidad la fatiga de inquirirlas; por lo que toda diligencia de esta clase más bien la interpretarán los díscolos como dirigida a fomentar la inquietud y parcialidades que jamás faltan, y que sólo puede disipar el auténtico desprecio del mismo en quien infundadamente suponen su protección. Este concepto injurioso a V.E. ha sin duda abortado la insolente resolución de unos pocos y míseros oficiales de la plaza de Valdivia, que con una afectada lealtad distantísima de sus principios, amotinando la guarnición y oprimiendo el vecindario, nos dirigen un reto propio de la caducidad del primero, de la grosera brutalidad del segundo, y de la rapaz pillería del tercero. En él anuncian su ánimo de agregar aquel territorio al del mando de V.E., graduando por su ambición y servil modo de pensar, como un obsequio capaz de lisonjear lo que es inadmisible a quien, como V.E., tiene justas ideas de lo que debe y conviene hacerse. Sólo ellos podían ignorar que la demarcación de las provincias, los límites de la extensión de las autoridades es una parte de la legislación demasiado respetable para transgredirla al pretexto de sostener las leyes. Que cada gobierno debe responder del terreno puesto a su cargo, sin invadir el que está a cuidado ajeno. Que entre las diversas regiones que componen una vasta monarquía debe haber unas consideraciones semejantes a los miramientos que se observan entre los varios Estados que ocupan un continente. Que entre éstas es una impolítica crasa y siempre ruinosa el mezclarse en el manejo interior o doméstico de los limítrofes, porque nunca se penetran bien sus motivos de obrar, porque siempre es mayor el mal que se les hace con la violencia, y porque se da lugar a ejecutar los odios y radicar los que ordinariamente reinan entre vecinos, y porque suele refluir el mal con el agresor, corno ha sucedido a España por no haber escuchado el sabio dictamen del inmortal Conde de Aranda, que la persuadía a economizar sus fuerzas y prescindir de interioridades ajenas; con lo que hoy conservaría su rango, y habría sido más útil a la causa misma, en que se empeñó con imprudencia y tal vez habría sido un modelo que precaviese los estragos de las provincias del Río de la Plata y los riesgos del Perú. De la íntima convicción en que estamos, de la sanidad de estos principios, se persuadirá V.E. por la exactitud con que los observamos. Hacemos la justicia de creerlo religiosamente apegado a todo lo justo y conveniente y no dudamos de que concurrirá a que entren en sus deberes estos turbulentos, haciéndoles ver que lejos de pensar en distraer nuestros esfuerzos para la conservación de estos dominios, los combinan con los suyos para la común defensa, y no para sostener la colocación de empleados, de quienes tan racionalmente se desconfía, y sin los que más bien que con ellos se conseguirá la felicidad y seguridad de estos habitantes que los detestan; y menos para alimentar sediciones, cuyo ejemplo puede trascender a los mismos que las apoyan y destruirse así aquella armonía tan necesaria entre pueblos de una misma nación, que seguramente perderán el respeto y consideración que deben a las autoridades, viendo que éstas rompen entre sí atenciones que recíprocamente deben guardarse.

No hay sacrificio que no haremos en obsequio del orden, y estado en que conviene a España encontrar estas partes de ella al término de la angustia en que la han puesto ocurrencias semejantes, sea cual fuere el éxito. Crea V.E. que le hablamos cordialmente y que asimismo respetamos su carácter y persona.- Dios guarde a V.E. muchos años.-Santiago de Chile.- Agosto 29 de 1812.- Pedro José Prado Jaraquemada.- José Miguel de Carrera.– Excmo. Señor Virrey del Perú, don José Abascal y Souza.

29 de agosto de 1812

Colección de Historiadores y Documentos relativos a la Independencia de Chile, Tomo XXIII, pp. 85-91.

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