El Escándalo Scorpion

9 01 2009

El año 1808 la [fragata inglesa] Scorpion llegó a las costas de Chile con un valioso cargamento de contrabando; su capitán, Tristán Bunker, concertó un acuerdo con algunos comerciantes para proceder al intercambio de mercaderías en la caleta de Pichidangui, todo lo cual debía realizarse ocultamente. Para desgracia de los contrabandistas, los manejos llegaron a oídos de García Carrasco, quien se dio, en colaboración con Juan Martínez de Rozas y gentes de escasa categoría, a preparar una celada con el objeto de apresar la nave.

La trama fue bien urdida; los emisarios de García Carrasco se hicieron pasar por comerciantes y tomando el nombre del marqués don José Toribio Larraín, concertaron todas las condiciones para un intercambio.

En la fecha y el lugar que se fijó, echó anclas la Scorpion, desembarcó el capitán Bunker y procedió a ultimar los detalles con el personaje que se hacía pasar por el marqués de Larraín. Cuando el capitán, totalmente fiado de quienes lo rodeaban, conversaba amigablemente en una choza dispuesta en la playa, sintió algunos alborotos afuera y quiso salir a ver de qué se trataba. Inmediatamente uno de los que estaba junto a él le asestó una puñalada por la espalda y Bunker cayó afuera, donde lo ultimaron. De todas partes surgieron hombres de aspecto brutal armados de cuchillos y pistolas, que rodearon a los demás oficiales después de haber herido y matado a algunos marineros.

Gobernador Garcia Carrasco Los asaltantes eran gente de tropa mezclados con individuos de mala vida capitaneados por un mallorquino de baja estofa, Damián Seguí, amigo de García Carrasco. Consumado el primer golpe, quedaba por apresar la nave, y a ello se lanzaron en el acto ocupando dos botes. Al llegar al costado de la Scorpion hicieron fuego con sus armas y treparon rápidamente, dando muerte a algunos hombres y dejando varios heridos. Quedaba concluido el golpe.

La noticia del hecho no produjo revuelo en los primeros momentos, pues parecía solamente un capítulo más en la lucha por evitar el contrabando; pero cuando se conocieron los detalles y la forma insincera en que se había procedido, todos condenaron a los implicados, desde el gobernador abajo, llamándolos “escorpionistas”. El marqués de Larraín, con el propósito de dejar a salvo su buen nombre, acudió a la Real Audiencia y solicitó una información judicial, que arrojó mayor luz sobre los sucesos.

García Carrasco, mientras tanto, extraviando los caminos legales decretó buena presa a la Scorpion y procedió al reparto de su importe y del cargamento, obteniendo él mismo una alzada cantidad, lo mismo que su confidente Martínez de Rozas. El administrador de aduanas se opuso al reparto, alegando que el caso era de decomiso y que por lo tanto la mayor parte del valor correspondía al erario real; pero fue inútil y pasaría mucho tiempo antes que una real cédula le diese la razón, cuando ya García Carrasco había dejado de gobernar.

Fue tan unánime la condenación de la sociedad santiaguina que Martínez de Rozas se retiró a Concepción para evitar la hostilidad del ambiente.

Fuente: Villalobos, S., Tradición y Reforma en 1810, Santiago, Ril, pp. 188-189

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