El diputado O’Higgins

22 01 2009

Ocurrieron luego en Santiago -y sus ecos llegaron al Biobío- hechos cruciales. Murió el gobernador Luis de Guzmán, sucediéndolo el brigadier Francisco Antonio García Carrasco (1808). Renunció Carrasco tras diversos conflictos, especialmente con el cabildo capitalino. Fue sustituído por Mateo de Toro, conde de la Conquista, y éste por una Junta de Gobierno que él mismo presidía (1810). Vocal del organismo: Martínez de Rozas. La Junta declaró ser fiel al Trono y a su titular prisionero, Fernando VII, pero los monárquicos la calificaban de paso disimulado hacia la independencia. Convocó un “congreso de diputados”… el Primer Congreso Nacional.

120 vecinos de Los Ángeles votaron el 10 de enero de 1811, eligiendo por mayoría aplastante a O’Higgins como congresista titular.

Nueve días demoró don Bernardo en cabalgar el trayecto Los Ángeles/Santiago, para asumir y ejercer su mandato (abril de 1811).

Don Bernardo, diputado, hizo una figura no muy lucida, por razones que se enumeran:

– Tenía dotes ejecutivas, militares (no muy altas) y civiles, pero no de legislador.

– En el Congreso dominaba la aristocracia, y ella miraba a O’Higgins con una mezcla de menosprecio y condescendencia, pues no pertenecía a esa clase y para peor era hijo natural, aunque lo fuese de virrey. Todo esto evidentemente lo cohibió.

– Era “hombre de Martínez de Rozas”, cuya estrella comenzaba a declinar por las razones que anota el recuadro sobre él.

– Lo desilusionó fuertemente el Congreso. Lo asquearon las luchas de poder y de ambiciones, el hablar constante y estéril, y la aparente inefectividad (no tanta, en rigor).

Verdaderamente, el Congreso también gastaba mucho tiempo resolviendo una pugna que no era fútil, sino decisiva, entre realistas absolutos; otros que buscaban una monarquía limitada, con mayor ingerencia de los gobernados, vale decir, de la clase rectora; y partidarios de la emancipación completa v. gr., O’Higgins. Quien particip{o de esta pugna y sus alternativas y debates, con energía y encomiable oratoria.

Las experiencias negativas determinaron que don Bernardo (veremos) rechazara la idea de Congreso, tras creerlo una panacea.

– Finalmente, casi todo su período de parlamentario estuvo dolorosamente enfermo de reumatismo articular, el cual -cuando hacía crisis- le imposibilitaba desplazarse.

En este panorama irrumpe José Miguel Carrera y moviliza el país, aceleradamente, hacia la independencia plena. Su biografía, de esta misma colección, detalla los hechos respectivos, desde aquel irrumpir (septiembre de 1811) hasta el fin de la Patria Vieja (octubre de 1814). Allí también se describe el papel de O’Higgins durante el período, y como evolucionó la crucial relación que tuvo con don José Miguel.

comprobará el lector que don Bernardo fue, al comienzo, voluntario instrumento de Carrera. ¿Por qué? Porque compartía su tesis de independencia inmediata, rápida y total; apreciaba su ejecutividad; y sucumbió muchas veces a su simpatía, verba y convincente dialéctica.

Pero después empezó a tomarle distancia, convenciéndose (con o sin justicia) de que: Carrera lo sacrificaba todo a conservar y aumentar un poder personal sin contrapeso; y 2) en esta materia, no era de procedimientos rectos.

Particular tristeza y molestia causó a O’Higgins el comportamiento de don José Miguel en sus relaciones con Martínez de Rozas y la Junta de Concepción.

Ésta se había organizado al mismo tiempo que la de Santiago que impuso Carrera. Ambas incluían a Martínez de Rozas, mas el sagaz don Juan, temeroso de don José Miguel, no se movió de su provincia. Carrera recurrió entonces al suplente nombrado… Bernardo O’Higgins. Y don Bernardo le seguría el juego, por todos los motivos que hemos visto, y uno adicional: su esperanza de “reconciliar” a las dos juntas.

Viajó a Concepción al efecto con instrucciones de Carrera, y efectivamente logró un acuerdo que los penquistas aceptaron, y don José Miguel no, nunca… pero sin tampoco rechazarlo. Envolvería a O’Higgins en una red de palabras vagas, pero benévolas, que don Bernardo interpretó como aprobatorias, pero estrictamente no lo eran. Y mejor así, pues el “convenio” hacía de cada provincia un país separado (enero de 1812).

Al cabo de seis meses, Carrera desconoció no el “convenio” (pues, reiteremos, no lo había aceptado) sino el status quo entre ambas juntas y, mediante un golpe interno, disolvió la penquista y arrestó a Martínez de Rozas. Mortal para Concepción había sido la asfixia económica que le trajera su separatismo.

Don Bernardo se sintió apuñalado con la prisión de don Juan, “el inaudito acontecimiento de ese negro día”, le escribió, pensando aún en partir con él a Argentina, previa venta de sus bienes aquí. Pero don Juan moriría poco después (1813).

Completamente harto de la política, O’Higgins decidió entonces encerrarse en Las Canteras y olvidarla. “Deseo unos momentos de descanso y alivio… podando árboles, lo que me servirá de diversión y utilidad” (carta a su madre)

Pero allí, el 27 de marzo de 1813, supo que una expedición virreinal de 2.000 hombres, que comandaba el brigadier Antonio Pareja, había desembarcado cerca de Concepción.

Floreció entonces el militar en don Bernardo. “…Deja al alba el arado/y alza al cielo la espada luminosa e inmensa./Con su sueño de patria, la gleba ha iluminado./Y así ha nacido Chile. Y la historia comienza…” (Roberto Meza Fuentes).

Fuente: Vial, G., Chilenos del Bicentenario, Tomo I: José Miguel Carrera/Bernardo O’Higgins, Ed. Santiago, 2007, pp. 65-69.

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