La escuela en la Patria Vieja

2 03 2009

Embrionaria por demás era la educación escolar en aquel pasado tiempo; la que se daba a la mujer se reducía a leer, a escribir i a rezar; la del hombre que no aspiraba ni a la iglesia ni a la toga, a leer con sonsonete, a escribir sin gramática, i a saber de saltado la tabla de multiplicar, con aquello de fuera de los nueves. Olvidábaseme decir que el alfabeto tenia una letra mas de las que ahora tiene, la cruz de Malta, que precedía a la letra A, i que se llamaba Cristus.

Edificio antiguo del Instituto Nacional Nuestras escuelas de hombres, donde concurríamos niñitos hasta de 17 años de edad, todos de chaquetas i mal traídos, no por falta de recursos, sino por sobrado desastrosos, a pesar del látigo i del mango del plumero manejados con bastante destreza por nuestros graves antecesores, se reducían a un largo salón partido de por medio por una mesa angosta que dividía a los educandos en dos bandas, para que pudiesen mejor disputarse la palma del saber. Uno de los costados de la mesa llevaba el nombre de Roma, el otro el de Cartago; i un cuadro simbólico representando la cabeza de un borrico, de cuyo hocico colgaba un látigo i una palmeta, era por su mudable colocación el castigo del vencido o el premio del vencedor.

EI profesor o domine, quien, como todos los de su especie entonces, podía llamarse don Tremendo, ocupando en alto una de las cabecera del salón, ostentaba sobre la mesa que tenía por delante, al lado de algunas muestras de escritura i de tal cual garabateado Catón, una morruda palmeta con su correspondiente látigo, verdaderos propulsores de la instrucción i del saber humano en una época en que se encontraba sumo chiste i mucha verdad al dicho brutal: La letra con sangre entra.

En cuanto a la educación superior, peor es meneallo, porque todo lo aprendíamos en latín, para mayor claridad. Del estudio especial del idioma español, ¿para qué hablar? ni ¿quién podía perder tiempo en ponerse a estudiar un idioma que todos nacíamos hablando? Como diz que se expresó, por mal de sus pecados, el buen don Juan Egaña cuando se le consultó si el estudio de la gramática castellana debería o no entrar a formar parte de los ramos especiales que se enseñaban en nuestros colegios. I ya que el acaso me ha hecho topar con la gramática de la academia española, no está de más que sepan nuestros sabios del día, que en 1814 ni vislumbre siquiera existía en Chile de semejante mueble. En las conversaciones que el acaso me proporcionaba tener con el distinguido patriota i sabio jurisconsulto don Gabriel Palma sobre la educación que se daba en Chile a la juventud en aquella época, me aseguró, i este dato fue ratificado después por los viejos generales Lastra i Pinto, que en 1815, siendo él profesor de latinidad en el Seminario, enseñaba a hurtadillas i como por mero adorno suplemental a sus manteístas, algunas reglas de hablar i de escribir en castellano, porque nadie se hubiera entonces atrevido a enseñar en público semejante bagatela. No había en parte alguna ni gramáticas ni diccionarios puramente españoles, porque estas dos bases fundamentales de nuestro idioma solo comenzaron a verse entre nosotros i en muy contado número a principios del año de 1817.

Nadie podrá disputar con justicia a Palma la gloria de haber sido el primer profesor de gramática castellana en Chile, ni al general don Francisco Antonio Pinto la de haber hecho terciar, por primera vez, al gobierno patrio en esta mejora de la pública instrucción, al ordenar, como ministro del interior el año de 1825, que se tuviese el estudio especial de la gramática castellana como parte integrante de los del Instituto. Pero no quiero anticiparme, para no destruir la ilación que me imponen las fechas.

La cimarra, sustantivo chileno derivado del adjetivo cimarrón, fue seguramente inventada para los niños de mi tiempo. Concurríamos temprano a las escuelas, i por poco que tardase en abrir el profesor, nos llamábamos a huelga, i sin mas esperar, nos marchábamos al río a provocar a los chimberos para decidir quién quedaría dueño aquel día del puente de palo. En él i bajo de él, porque el río iba casi siempre en seco, nos zamarreábamos a punta de pedradas i de puñetes hasta la hora de regresar a nuestras casas, lleno el cuerpo de moretones, i la cabeza de disculpas, para evitar las consecuencias del enojo paterno, aunque siempre en vano, porque el palo del plumero nunca dejaba de quitarnos de las costillas el poco polvo que nos habían dejado en ellas los mojicones.

Fuente: Pérez Rosales, V., Recuerdos del pasado, 1814-1860, Imp. Gutemberg, Santiago, 1886, pp. 8-10.

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